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Libro de artista (fotolibro)

20 poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda

 

   Fotolibro trabajo final de la asignatura de Fotografía para la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Granada curso 2017/2018 para la profesora Isabel Soler 

 

 UNA HISTORIA CUALQUIERA MÁS
             En la oscura noche de los tiempos con su dorado manto de color, de fantasías de cartón. Pintura desleída, colores fundidos y música átona. Vahos de alcohol y tabaco, de baratos perfumes en viejos frascos ajados, teñidos de sangre y lágrimas. La noche oscura que adormece los sentidos y embota el alma. Noche que peina escasas melenas y tristes ojeras. Noche que ilumina el odio, el terror y la vergüenza. Noche que el alba apaga, que seduce y te atrapa. Noche gris, triste noche sin luna, desesperanza envuelta en vivos colores, en tristes carcajadas y dulces muecas. Noche, sólo noche y sólo en la noche, maraña ingrata que te atrapa, te estruja y te exprime hasta que supuran las rasgadas pupilas.
  En la oscura noche de los tiempos, en aquella noche, sólo existe la noche, el sueño de la noche, la nostalgia de la vida que apaga y mata. Aquella noche, siempre aquella única noche, con alcohol que adormece y mata, que embrutece y me enloquece.
  En la oscura noche y sólo en aquella noche sin luz, sin niebla, los candiles apagados y las luciérnagas dormidas tiemblan las marchitas hojas de los muertos. Seres inanimados que pasean sin ser vistos, sólo su olor, ese acre, amarillento y putrefacto hedor que en la noche despierta los más abyectos sentimientos embadurnaba mis sentidos.
  Los miembros amputados crujían en la noche volviéndose a recomponer cada día, las cabezas no pensantes reposaban sobre los fríos bulevares de los ríos de agrio licor, de fermentado lúpulo, de bayas de enebro y acre y oscuro orín. Mazmorras de negras ratas de intenso y graso pelo, de huidizos ojos y frentes altivas. Animales, sólo animales. Animales deformes, altivos e indolentes. Seres articulados y embalsamados. Taxidermia flotante y mentes desconcertantes, «doctor Jekyll y señor Hyde» de la sociedad. Batiburrillo de soledad y amargura.
  Bostezo, hablo entrecortado unas veces y atropelladamente otras, pero siempre sonriente, no siempre con razón, pero sonrío, cuando lloro también sonrío, cuando muero sonrío, todo da igual pero sonrío.
  Sensibilidades perdidas y amores olvidados, la luna lo llena todo, lava humillaciones y peina renglones, tañer de campanas que hieren corazones y rajan caparazones, la hora llega y el tren se detiene. ¡Sube, sube! gritaban los del apeadero, que la maldición no te alcance. ¡Sube, sube! se oía a lo lejos, el tren se va voceaban.
 El tiempo fue largo, los minutos escasos y la mirada, la mirada turbia y alcoholizada, la vista cansada y asqueada. Pero el corazón, ¿donde estaba el corazón? Latía, latía y latía, sólo latía mientras me consumía. El tiempo era gratis como el aire y el sol, también el alcohol que manaba de las fuentes llorando por los rincones, por los salones y por las curvas de de siluetas disueltas de los llanos vientres de mujeres indolentes. El tiempo era gratis, cada día llenaba mis bolsillos, mi mochila y mi moral con grandes fajos para gastar.
  El tiempo, más tiempo, sólo un poco de tiempo para llenarlo de ilusión, de luces sin color, de miedos sin dolor, de mundos sin pasión. Los minutos que perdí se vuelven contra mí, me revuelvo, imploro y lloro, también suplico, pero nada importa no se detiene y el frío acero de su cuchilla me sigue cercenando. El paso pasó y nada me dejó. Ahora sólo quedas tú. Nunca más ahora digo, me miro y me maldigo, escribo mi amargo destino, sin miedo ni pasión. Inanimado ser que pasa, que se arrastra, que repta y se rompe, que sufre traiciones y rumia pasiones. Escribo y describo mi derrota.    Veinte poemas de amor rotos por alguna maldición, heridos y rendidos. Veinte poemas de amor escritos, releídos, copiados y fundidos. Veinte poemas de amor mostrados y abiertos, rotos por el viento. Veinte poemas de amor y algún llanto desesperado.
  Reescritos dejo mis poemas, mis vicios y fantasías, expuestos quedan en una caja, cartón negro para mis cenizas, grises anacarados iluminan la triste estancia que nunca debió haber sido abierta, en ella guardo las lágrimas más tristes y rezuma mi retinta y ácida sangre.
  Historia contada en verso con tinta medieval y papel verjurado. Canción rimada al son de las velas y las noches iluminadas por cometas, por ráfagas de pasión. Amor contado y amor cantado, poemas soñados por hombres desnudos, por gente sin universo ni color en mundos agonizantes, por seres con cabezas deformes, sin cuerpos a los que adorar ni escupir. Nunca las lenguas fueron tan mordaces y la incoherencia de su propia nauseabunda boca evoca muerte y traición.
  Aquí dejo abandonada a su suerte la vida, la pobre vida de un hombre, de un ser miserable que encontró el amor, que vivió el  amor. Nada queda que decir de la vida ni el terror, de la pena y la pasión, pues ya todo murió, cada noche muero y resucito. El día insufla la vida, un poco de vida y nada de pasión. Sólo queda caminar, andar despacio, muy despacio y acompasado, hay que dejarse mecer sin torcer el ánimo.
  “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda une la palabra «entrega» que dio el pistoletazo de salida a un mundo incierto de locura y pasión, removió mi alma y mi corazón, endulzó mi pasión y serenó mi obsesión. Veinte poemas, no se si serán más, ni tan siquiera si son de amor o desesperación, pero eso sólo lo podrán dilucidar los dados, esos que seguirán componiendo relatos y cuentos. Armonías impuras que nunca serán contadas ni cantadas.
  Cierro mi caja contenedora con el grito ahogado de esa canción desesperada que nunca debió entonarse. Queda encerrada la historia, la bella narración nacida para adormecer mi triste corazón, para recordar sin demasiada emoción, pero con mucha pasión la vida la dulce tranquila y adormecida vida del autor de su propia fantasía. De este deudor de entropía que las tenazas de su sinrazón entumecen y laceran con dolor su fatídica oda visceral.

                                     Juan Antonio Sánchez Hernández, Granada, Diciembre del año 2017

 































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