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ALBERTINA TAFOLLA
Libro colaborativo. ALBERTINA TAFOLLA (México) creó las imagenes y la encuadernación y yo el texto.



 

            No me preguntéis ¿cómo?, porque lo último que recuerdo es que estaba abriendo una calabaza y ya nada más hasta este momento. Todo es muy extraño hasta en la temperatura, en la percepción de la altitud, pues mi oído medio me decía que por la presión que sentía estaba a gran altura sobre el nivel del mar y la temperatura había descendido más de treinta grados, incluso los olores me eran totalmente desconocidos. 

      Estaba solo en lo que parecía un poblado desértico, mi GPS marcaba estas coordenadas: Longitud (dec): -116.210556, Latitud (dec): 32.274167 y a una altitud de 1240 metros. A lo lejos parecía que hubiera una casa bastante desvencijada, aquello era muy diferente a todo lo que conocía y eso que apenas podía ver, pues una densa humareda verde azulada me mantenía casi ciego y me picaban muchísimo los ojos. 

      Tiempo después descubrí que ese color probablemente nunca existió y que sólo fue por mi ceguera momentánea al cambiar tan rápidamente de situación y después de haber tenido en mi retina el color de la calabaza un tiempo imposible de calcular, pudieron ser décimas de segundo u horas, incluso días, pues no recuerdo nada con claridad. Además el frío extremo me atenazaba y no me dejaba pensar, esto hacía que me mantuviera muy tenso, tanto que me dolían mucho las sienes, y este dolor me llegaba hasta la punta de los dedos de los pies, pasando por mi médula rasgándomela en mil pedazos, estaba totalmente entumeciendo imposibilitándome esto cualquier movimiento, cosa que tampoco intentaba.

    Poco a poco fui respirando más acompasadamente, pues mi corazón estuvo a punto de colapsarse. Al no ver movimiento alguno, aguarde unos primeros instantes a ver si podía orientarme. Sabía que estaba a mucha altura, además la vegetación me pareció muy extraña, ya que estaba compuesta de: encinillos, manzanita, pino y chamizo colorado, pero vi algo muy curioso y que me hizo ubicarme en una posición del mapa, y esto no podía presagiarme nada bueno. Vi cipreses de Tecate, estos que actualmente están en peligro de extinción. Ya sabía sin la menor duda donde me encontraba y a qué se debían aquellos raros olores, esa mezcla tan especial era: el ocotillo, choyas, gobernadora, palo fierro, mezcal y palma, todo ello unido al fuerte tufo que desprendía la hoguera y que me transmitía no sólo por mi pituitaria, sino también visualmente, como ya os comentaba anteriormente. 

    Ya me estaba poniendo en situación, la cosa era peliaguda, pero aún tenía escapatoria, todavía nadie me había visto y eso era una gran ventaja para mi, puesto que no sabía el por qué estaba allí y ni tan siquiera si los pobladores de esas tierras serían amigables. Tampoco me pregunté que hacía en México, supongo que debí cuestionármelo antes que nada, pero no fue en ese momento cuando lo hice, fue todo tan rápido y al no estar preparado para ello, simplemente me deje llevar por la situación y mi espíritu de supervivencia hizo el resto.

     Caí en una especie de somnolencia, posiblemente debido a la falta de oxígeno y alguna sustancia que desprendía la fogata, algo tenía que me gustaba, estaba notando un sopor y una templanza que me agradaba, parecía que nuevamente entraría en ese torbellino que me trajo a este extraño lugar y que cuando despertara estaría nuevamente en Granada, en mi casa y preparándome para ir a mi clase de forja.

      Entre sueños creo recordar haber visto a una bruja, o una especie de hechicera, pero iban y venían, creo que pude contar hasta siete, y todas distintas, era una sensación muy extraña, estaban distantes, borrosas, lo único que recuerdo claramente era que estaban cocinando algo, pero era la misma marmita, llegaban por turnos y movían su contenido, pero nunca estuvieron juntas, aquello emitía unos vapores que me recordaban a los cuentos de nigromantes y pócimas.

     Atando hilos y retazos, cosiendo y bordando me vino a la memoria un relato que realmente no se quien me lo contó o donde lo leí, quizá fueron claves que me dejó prendidas de las ramas de los árboles en el bosque de la Alhambra una amiga Mexicana que anduvo por aquí días atrás; no se realmente cómo fue, pero paso a relatároslo.

     La inmensa mayoría de las llamadas hechiceras ejercían uno o varios oficios llamados vulgarmente ordinarios, que les servían para no ser tratadas como tales y poder ejercer libremente, esta de la que os hablo había sido pediatra.

     Es curioso observar como en buena parte de los casos que se registran acudían a estas mujeres cuando la medicina, tradicional se veía impotente para diagnosticar y curar, ciertas enfermedades, entonces ellos mismos indicaban  que sus dolencias procedían de algún mal de ojo u otro maleficio que le habían hecho y que no lo podían sanar.

     Las brujas de Latinoamérica vuelan sin escobas, y tienen poderes, muchos y grandiosos, además son tan atrayentes como las del resto del mundo, son traviesas y aman ser brujas.

   Estas mujeres con conocimientos son envidiadas por el hombre dado su carácter más profundo y su sed de curiosidad por el mundo. Suelen ser personas que han vivido en el campo y les ha sido transmitida de padres a hijos una sabiduría y una ansia de aprender sobre los poderes y propiedades de las plantas, y en general sobre todas la cosas vivientes.

   Las hechiceras, sin embargo, no sólo hacen maldades; también, ayudan a las personas en cuestiones de amor o trabajo Muchos de aquellos bebedizos o pomadas utilizados para estos fines, denominados entonces como magia, en el siglo XVII pasaron a ser medicinas, y sus creadoras, se convirtieron en químicos o farmacéuticos. La raíz "pharmakon" tiene, de hecho, el significado de "pócimas".

    Pasado el tiempo, reposado todo, ya estoy en condiciones de poder comprender que me pasó. Creo que por alguna razón fui transportado a Agua Hechicera, que se localiza en el Municipio Tecate del Estado de Baja California México, localidad en la que  se encuentra una única vivienda en la cual vive una sola persona, la cual tuve el placer de conocer gracias a un libro, “La hechicera de imágenes”.

 

    “La hechicera de imágenes cayó bajo su propio embrujo…

      En los vapores de la pócima si disperso su rastro”

 

    Este es el mensaje que me dejó Albertina Tafolla Rodríguez, hechicera de imágenes y amiga.







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